domingo, 24 de julio de 2011

Otro encuentro casual

Es muy conocida la historia de Abraham, a quien Dios, en una prueba de fe, le pidió que sacrificara a su hijo único en su honor, el cual había sido fruto de una promesa divina (tendrás una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar…).
Sin embargo, un pasaje un poco menos conocido (y no por ello menos importante) es el que se dio en el Encinar de Mambré, donde vivía Abraham:
 «Cuando alzó los ojos vio a tres hombres estaban parados frente a él; y al verlos corrió de la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: Señor mío, si ahora he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que no pases de largo junto a tu siervo. Que se traiga ahora un poco de agua y lávense los pies, y reposen bajo el árbol; y yo traeré un pedazo de pan para que se alimenten, y después sigan adelante, puesto que han visitado a su siervo. Y ellos dijeron: Haz así como has dicho.
Entonces ellos le dijeron: ¿Dónde está Sara tu mujer? Y él respondió: Allí en la tienda. Y aquél dijo: Ciertamente volveré a ti por este tiempo el año próximo; y he aquí, Sara tu mujer tendrá un hijo.
Entonces los hombres se levantaron de allí, y miraron hacia Sodoma; y Abraham iba con ellos para despedirlos. Y el Señor dijo: ¿Ocultaré a Abraham lo que voy a hacer, puesto que ciertamente Abraham llegará a ser una nación grande y poderosa, y en él serán benditas todas las naciones de la tierra? Porque yo lo he escogido para que mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio, para que el Señor cumpla en Abraham todo lo que Él ha dicho acerca de él.
Y el Señor dijo: El clamor de Sodoma y Gomorra ciertamente es grande, y su pecado es sumamente grave. Descenderé ahora y veré si han hecho en todo conforme a su clamor, el cual ha llegado hasta mí; y si no, lo sabré. Y se apartaron de allí los hombres y fueron hacia Sodoma, mientras Abraham estaba todavía de pie delante del Señor» (Gn 18,1-22))

A partir de ese momento, Abraham comienza una negociación con Dios para evitar que Sodoma y Gomorra sean destruidas, pero dado que el pecado de ambas ciudades estaba sumamente extendido en las personas, sucedió dicha destrucción.
En la entrada anterior, reflexionábamos sobre cómo Elías iba a encontrarse con Dios (pues esa era su misión) en el Monte Tabor. Era él quien buscaba a Dios, quien necesitaba su presencia y su aliento.
En este caso, es Dios quien busca a Abraham, no viceversa. Dios le sale al encuentro a Abraham cuando él menos se lo espera, cuando ni siquiera estaba preparado para recibirlo (me imagino la escena corriendo por todo el campamento dando gritos y órdenes para atender a sus visitantes).
Ciertamente Abraham tiene la sensibilidad para reconocer a Dios (se postró rostro en tierra, homenaje exclusivo a la divinidad) y la solicitud de atenderlo, lo cual le valió, en reciprocidad, el cumplimiento de la promesa que mucho tiempo atrás Dios le había hecho en la tierra de donde lo sacó.
En nuestra vida, en numerosas ocasiones es Dios también quien nos sale al encuentro, en pequeños y grandes detalles, si volteamos atrás y con objetividad revisamos nuestra vida, podemos descubrir sin duda su presencia ante muchas “coincidencias de la vida” (llamadas también “Dioscidencias”), su actuar es callado, pasa delante de nosotros y cada uno decide si lo recibe y lo obliga a detenerse (como lo hizo Abraham) o simplemente lo deja pasar de largo como un hecho más.
En mi propia vida yo he descubierto el actuar de Dios muchas veces en contra de lo que yo quiero (y le doy gracias por ello), pero hay hechos de mi vida que no puedo explicar sin hacer que Dios intervenga porque la “coincidencia” de circunstancias la verdad no es explicación, no es suficiente, o por lo menos no para mí.
Abraham ya había desarrollado la sensibilidad (fruto de un trato a Dios como de amigo por muchos años) para encontrarlo en esa visita tan simple, pero nosotros debemos luchar por quitarnos la vela de los ojos para poder descubrirlo en cosas sencillas, en los hechos triviales, en nuestra historia personal. No es esperar una aparición como las de Elías o de Abraham, sino ver que, detrás de cada hecho importante de nuestra vida, está Su sabiduría amorosa que procura el mayor bien para nosotros.
El verdadero encuentro con Dios no sólo da frutos y dones para el que interactúa con Él (en este caso, renovar la promesa del hijo); también lo hay para la gente que te rodea. Dios iba con la intención firme de destruir completamente las ciudades y, tras una larguísima negociación, Abraham consigue “arrancarle” de las manos a Dios la salvación para los justos (en este caso, sólo el primo de Abraham, Lot y su familia).
Si el encuentro con Dios no nos remite necesariamente al prójimo, a las personas que están a mi lado (me caigan bien o no), si no me hace ser mejor cristiano, más caritativo (no en el aspecto económico, sino en darme, en amar a los demás), entonces o una de dos, o no fue un encuentro real con Dios o yo simplemente dejé que pasara a un lado mío sin hacerle caso alguno.

1 comentario:

  1. Una reflexión que no obliga a ver que hay que vivir la vida.

    Saludos Toño. tarde, pero seguro.

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