domingo, 24 de febrero de 2013

Gracias Benedicto XVI, gracias




Amado Papa Benedicto XVI:

Recuerdo que hace casi 8 años los católicos de todo el mundo nos sentíamos impresionados por la noticia: el ahora Beato Juan Pablo II había fallecido. Con ansia seguí los funerales, y recuerdo como, en su homilía de la Misa por la elección del Sumo Pontífice, inmediatamente antes del inicio del Conclave (el 18 de abril de 2005), exhortaba a orar "con insistencia al Señor para que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría". Con profunda emoción (tanta que sólo de recordarlo me emociono aun hasta las lágrimas) recuerdo el día 19 de abril: el humo blanco nos indicaba que ya teníamos Papa, y tras un breve tiempo, el cardenal protodiácono nos anuncia "Nuntio vobis gaudium magnum, habemus Papam: Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Iosephum, Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger, qui sibi nomen imposuit Benedicti Decimi Sexti” (Les anuncio una gran alegría, tenemos Papa: el Eminentísimo y Reverendísimo D. José, Cardenal de la Santa Iglesia Romana Ratzinger, quien tomó para sí el nombre de Benedicto XVI).
No puedo olvidar la emoción profunda sentida en ese momento y el sentimiento de sincera gratitud que en mi brotó al verlo aparecer en el Balcón de la Basílica de san Pedro. En ese momento le dirigí una carta (en donde además le dedicaba una tesis que había escrito ese año) y hoy, a casi 8 años de distancia, me vuelvo a dirigir a usted, Santo Padre, para repetirle nuevamente: gracias.
Gracias porque tuvo la humildad para aceptar semejante carga: "Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar con instrumentos insuficientes y sobre todo confío en vuestras oraciones" dijo en su primer mensaje antes de impartirnos la Bendición Urbi et Orbi. La responsabilidad era muy grande, pero usted supo escuchar a Jesús que, como a Pedro, le dijo "Sígueme".
Gracias porque ha sabido vivir crucificado como el Maestro. Crucificado por católicos que son quienes más lo critican, por medios de comunicación que lo difaman y atacan, crucificado por culpas que no solamente no cometió sino que ha sido usted quien más ha luchado para purificar a la Iglesia de Cristo de esas imperfecciones tan graves, estableciendo medidas para prevenirlas, y sigue siendo crucificado con rumores incluso aún en el momento de su renuncia. La Cruz es su gran amiga.
Gracias porque ha buscado renovar la vida de la Iglesia recordándonos el auténtico sentido del Concilio Vaticano II: debemos dialogar con el mundo sin olvidarnos de tener un sólido fundamento en la oración, sin olvidarnos de la auténtica Tradición, que el Concilio no fue una "actualización sin sentido" sino un regresar a beber de las fuentes de la Tradición.
Gracias porque ha trabajado arduamente para lograr la unidad de la Iglesia, por crear el Ordinariato Anglicano, por su acercamiento con la Iglesia Ortodoxa, por recordarle a los Obispos de Latinoamérica la importancia de promover la misión continental entre los laicos, por incursionar en el mundo digital con el Twitter.
Gracias por sus catequesis que nos recuerdan el gran tesoro que tenemos en los Padres de la Iglesia, por rescatar la espiritualidad de la liturgia, por subrayar el carácter de misterio y oración que la reviste, por su Carta Apostólica Summorum Pontificum que aclaró numerosas dudas sobre el uso de la Liturgia previa al Vaticano II.
Gracias porque su primera encíclica nos recordó lo más profundo de la realidad Divina: Dios es Amor; en numerosas ocasiones insistió en esa dimensión de la vida divina. Gracias porque su profunda espiritualidad del silencio nos enseñó que solamente ahí es posible lograr el verdadero encuentro con Dios.
Gracias por esa visita que hizo a mi país, México, en momentos en que atravesamos por una de las crisis mas dolorosas de nuestra historia: la crisis de valores; gracias por esa Misa multitudinaria al pie de la Montaña de Cristo Rey (el Cubilete), donde nos permitió introducirnos con usted en la espiritualidad del silencio en la liturgia (Cfr. Benedicto XVI en México). Gracias por su sencillez, por acoger a nuestro pueblo en su corazón y por permitirnos sentirlo nuestro Papa, gracias por convocar el Año de la Fe.
Gracias por enseñarnos el gran valor de la humildad, pues su renuncia al Papado no hace más que dejar en claro su profundo abandono a la Providencia de Dios: El que una vez le dijo “Apacienta a mis ovejas” aquel 19 de abril, hoy le pide dejar esa misión para otra persona.
Gracias porque quiere dedicarse a la vida contemplativa, a orar por nosotros, a seguir sirviendo a la Iglesia en la dimensión más importante: la intimidad con Dios.
Pero también debo pedirle perdón por no haber orado lo suficiente por usted, por haber escuchado su predicación en el Cubilete hace un año y no haberme decidido a cambiar de vida, por las veces en que he ofendido a Dios, por no aprovechar las oportunidades de gracia que nos ha abierto con el Padre.
Así como al inicio de su Pontificado le escribí agradecido por seguir la voluntad de Dios, nuevamente lo hago y por el mismo motivo. Sé que su decisión fue meditada en la oración y fue difícil de tomar, y eso no habla más que de la docilidad que tiene a Aquél que es el Amor. Cuente con mi oración que humildemente uniré a la de usted por las necesidades del mundo y me siento tranquilo porque sé que así como después de Juan Pablo II el Espíritu Santo nos regaló un gran Papa, que no supimos valorar, aprovechar y que no merecíamos dadas nuestras tantas infidelidades, así ahora nos regalará uno que será también dócil a Su Voluntad. Que María, la mujer del silencio, del Sí y del Amor, nos guíe, nos asista e interceda por nosotros.
Estimado lector: te invito a orar mas intensamente en este tiempo para que los Padres Cardenales reunidos en el Cónclave sean dóciles al Espíritu Santo y escojan al Papa que Él quiere para su Iglesia (tomada del Misal Romano, “Para la elección del Papa”):
Señor y Pastor eterno,
que gobiernas a tu rebaño con incansable protección;
concede a tu Iglesia, en tu infinita bondad,
un pastor que te glorifique por su santidad
y que nos guíe con vigilante y paternal solicitud.
Amén.
También te invito a no dejarte llevar por los periodistas que, ávidos de noticias, hacen ver el Cónclave como algo mundano, y por lo tanto hablan sin conocimiento de causa. En las próximas entradas hablaré sobre el Cónclave y la Sede Vacante (qué pasa mientras no hay Papa).


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