miércoles, 28 de octubre de 2015

Brujo rico, brujo pobre



No hablaremos de un nuevo best-seller de superación personal. Tradicionalmente, la gente habla de dos tipos de "magia": la blanca y la negra. Mientras que la primera busca hacer el bien, curar y sanar, la segunda busca dañar, perjudicar, enfermar, matar, pues viene totalmente del poder de Satanás. La prueba de que la magia blanca es buena, insisten, está en que sueñen usar objetos religiosos (agua bendita, el cirio pascual, rosarios, crucifijos, imágenes de santos, etc.) e incluso usan oraciones (es común que, mientras te hacen una limpia con hierbas, recen el credo o la salve). La magia blanca es, terminarán diciendo, el contrapeso de la magia negra, que sólo busca dañar.
Lamento informar que, tanto la magia negra como la blanca no son en absoluto compatibles con la fe cristiana, en pocas palabras, constituye un pecado grave contra el Primer Mandamiento acudir a la magia (sea del color que sea).
¿Por qué esta prohibición tajante? ¿Qué tiene de malo librarme de las malas vibras o del mal de ojo con una limpia? ¿O por qué no debo encender las velas o colocar ciertos objetos para lograr riquezas, bienestar, salud, etc., si no perjudico a nadie? ¿La maldad de la magia no está nada más en la intención?
Al igual que lo que sucede con la adivinación, la magia implica recurrir y poner la fe en el poder de alguien diferente a Dios. El brujo o el mago tienen un "poder" que no viene directamente de Dios (aunque simulen invocarlo a través del uso de objetos religiosos o de oraciones), sino que hunde sus raíces en el poder (limitado, pero real y poderoso), del demonio. A diferencia de los dones de curación, por ejemplo, o de la taumaturgia (Dios, a través de una persona concreta, realiza milagros), que siempre tienen una finalidad específica en el plan de salvación y están relacionados también con una amistad con Dios, la magia se ve como un poder sobrenatural, cuya fuente no es Dios.
Es verdad que una intención mala corrompe hasta el acto más bueno, pero también lo es que una intención buena jamás hará que un acto de suyo malo se vuelva bueno: no importa que quieras curar, beneficiar, etc. a alguien, la magia sigue siendo mala porque, insisto, su fuente no es Dios. Por muchos litros de agua bendita que usen y credos que reciten, el resultado es el mismo: estás cometiendo un pecado grave.
Dos pasajes del Evangelio nos pueden ilustrar en este tema: Satanás es llamado por Jesús como el Padre de la Mentira (Jn 8,44) y, por otro lado, cuando a Jesús se le acusa de expulsar los demonios con el poder de Satanás, Él responde “Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casa caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque –como ustedes dicen– yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces” (Lc 11, 17-19). La impresión de que la magia blanca "combate" a la magia negra es sólo eso, una impresión falsa. Así como en la naturaleza ciertas plantas o animales tienen una apariencia que engañan a sus presas para atraerlas (pienso, por ejemplo en las plantas carnívoras que atraen a las moscas), el demonio usa la "magia blanca" para atraer a las personas que, de otro modo, no lo harían: no veo a la mosca entrando gustosa a la planta carnívora si supiera lo que es, así como tampoco mucha gente recurriendo a la magia si supiera su auténtica naturaleza.
Por otro lado, también es verdad que no todo el que dice ser brujo lo es. Dado que la gente que recurre a un brujo es porque suele tener una necesidad urgente o está desesperada por lograr algo, es fácil aprovecharse de ello. Demasiados timos se han dado por falsos brujos que prometen multiplicar el dinero, curar enfermedades, atraer el amor, deshacer maldiciones, etc. Pero el hecho de recurrir a un falso brujo, no cambia en absoluto la moralidad del acto, puesto que mi intención sigue siendo la misma.
Recurrir a la magia, por otro lado, abre las puertas a la presencia del demonio en nuestra vida. Se trata de una presencia sigilosa, como un cáncer silencioso que sólo se manifiesta cuando es demasiado tarde para operar y ha invadido todo el cuerpo. 
La magia existe, es un hecho. ¿Qué debes hacer si sospechas que han usado magia contigo? Antes que nada, recuerda que si bien la magia proviene del poder del demonio y, por tanto, es peligrosa (especialmente para quien dice controlarla), el poder de Dios es infinitamente mayor. Acude con un sacerdote, quien te ayudará a descubrir, en primer lugar, si detrás de todo está el poder del demonio y, en caso que se trate de ello, realizar la liberación correspondiente. ¿No es una especie de magia blanca? No, puesto que a diferencia de cualquiera, el sacerdote ha recibido la ordenación sacerdotal que lo hace configurarse plenamente con Cristo, de forma que cuando actúa, es Cristo mismo quien actúa y, con su poder, libera.


Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cartas marcadas


El presente es paradójico: apenas nos damos cuenta y ya se convirtió en pasado. Lo esperamos con ansia y llega con rapidez y es efímero. Sin embargo, vivimos en el presente siempre. El tiempo se escurre de nuestras manos con facilidad, nos da la sensación de estar fuera de nuestro control, es esquivo. El Hecho de no poder ver más allá del presente, de no saber con certeza qué sucederá en el futuro, nos genera una sensación de angustia y, de alguna forma, nos sentimos indefensos ante los vaivenes del destino. La fortuna, según los versos de "O Fortuna!", perteneciente a la cantata escénica Carmina Burana (que es muy usada como "canción" de terror) es “como la luna, variable de estado, siempre creces o decreces; ¡Que vida tan detestable! ahora oprime después alivia”. En muchas representaciones de la diosa fortuna, se le ve como una dama con una rueda (a veces te toca estar arriba, a veces abajo).

Tal vez por esta serie de sensaciones, el hombre siempre desea saber qué es lo que le depara el destino, para no ser destrozado por las ruedas de la caprichosa diosa fortuna.
La diosa Fortuna
Mientras los científicos se empeñan en generar una "Teoría del todo", o buscan incansablemente leyes que, a decir de Stephen Hawking, permitan determinar el 100% de los eventos sucedidos en el universo (“si conociésemos el estado inicial de nuestro universo, conoceríamos su historia completa”, Historia del tiempo, del Big Bang a los Agujeros Negros), otras personas recurren a la lectura de las cartas, del café, de la mano, a invocar a los muertos y una larga lista de prácticas adivinatorias.
Para los antiguos griegos, los hombres éramos juguetes en manos de los dioses, quienes determinaban nuestro destino en su totalidad. Por eso las pitonisas y oráculos escudriñaban el futuro para encontrar la voluntad de los dioses. El ser humano, carente de libertad, debía obedecerlos totalmente y, si como en el drama de Edipo de Tebas, intentaba escapar a su destino, lo acabaría cumpliendo inevitablemente. 
Uno de los dones más preciados que tenemos y al cual definitivamente no podemos renunciar, es la libertad. No me refiero a la capacidad para ir de un lado a otro, o de expresar lo que siento, o de asociarme con otras personas. La auténtica libertad es la capacidad de autodirigirme hacia el bien, de usarla para escoger lo correcto moralmente hablando. No debemos entender la libertad como la capacidad de elegir lo que es bueno, pues no es nuestro papel decidir qué es bueno y qué no. El pecado original (“serán como dioses”) consiste precisamente en que el hombre quiso tomar el papel de Dios para decidir sobre la moral.
Edipo y la esfinge
Recurrir a la adivinación en cualquiera de sus formas, implica negar la posibilidad de la libertad, pues el futuro “ya está escrito” (es un destino, al cual, como Edipo, estoy condenado a llegar y cumplir) y no un proceso de construcción derivado de mis decisiones personales y de las decisiones de los demás. Pretender que astros, cartas, granos de café, líneas de la palma de las manos pueden determinar infaliblemente mi futuro, es tanto como considerarme una especie de robot que no puede hacer otra cosa que su código no le indique.
Renunciar a la libertad tiene demasiadas implicaciones, pues nos hace totalmente “amorales”, es decir, incapaces de cometer actos morales, pues no tenemos responsabilidad alguna sobre lo que hagamos (bueno o malo) y no debemos recibir ni castigo ni premio por nuestras acciones, pues son “los hilos del destino” los que nos mueven. Vamos a suponer que en la lectura de cartas aparece que voy a morir pronto y saliendo de ahí, sufro un asalto y por resistirme, me disparan y muero. ¿Los asaltantes deben ser procesados? Ellos actuaron para que se cumpliera mi destino indicado por las cartas. En sentido estricto, yo no podía dejar de morir en ese día y ellos no podían dejarme de matar.
Otro ejemplo, supongamos que en la lectura del café aparece que alguien recibirá un beneficio inesperado y yo hago una donación que beneficia a dicha persona. ¿Debo ser reconocido públicamente? No tengo mérito alguno, pues yo sólo soy un medio del destino para que éste se cumpla.
En cualquiera de estos supuestos, estamos olvidando algo importante. El “Señor del tiempo” no es otros que Dios mismo. Así lo confesamos en la Solemne Liturgia del Fuego Nuevo, al inicio de la Vigilia Pascual. El sacerdote, antes de encender el cirio (signo de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte), realiza unos signos sobre el mismo diciendo: “Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo, y la eternidad, a Él la gloria, y el Poder, por los siglos de los siglos”. Dios es el dueño del tiempo, no al estilo dios griego, sino que tiene un plan para todos: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. (1 Tmt 2,4). La “cúspide” o el fin de la historia humana, es el mismo que su inicio: convivir en amistad con Dios por toda la eternidad. Para ello, Él envío a numerosos profetas que prepararan a su pueblo y se entregó Él mismo en la Cruz para redimirnos, y para continuar su obra, nos dejó su Iglesia, a la cual asiste con el don de su Espíritu. Pero Él no “forza” a nadie para que lo ame. Respeta la libertad y ese plan de salvación puede o no cumplirse en mí, según me “esfuerce”.
Cristo Ayer, Hoy y Siempre (jubileo del año 2000)
Confiar en la adivinación en cualquiera de sus formas, constituye una falta contra el Primer Mandamiento, pues estás poniendo tu confianza en alguien más, estás pensando que hay alguien con un poder tal que te quita uno de los dones más preciados (la libertad). ¿Quieres en verdad conocer el futuro? Ponte de rodillas ante el Santísimo Sacramento del altar, ora con frecuencia, ten un sacerdote que te aconseje y te dé dirección espiritual, comulga con frecuencia, lee la Sagrada Escritura, y aprenderás a descubrir “los signos de los tiempos”, es decir, a interpretar la voluntad de Dios y su plan para que tú seas feliz. Cuando lo descubran y lo aceptes, no necesitarás nada más para lograr la felicidad plena.


Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.

martes, 13 de octubre de 2015

Jugando con las estrellas


A través de Facebook, redes sociales, televisión, radio, periódico, revistas y cuanto medio de comunicación tenemos al alcance, es sumamente frecuente que nos encontremos lo que promete ser la llave de nuestro futuro, que nos da pistas de cómo comportarnos y de qué hacer en cada caso: los horóscopos. Esta práctica, junto con la adivinación, se remonta a tiempos inmemoriales, pero trataremos a cada una por separado.
Actualmente, revestidos de pseudociencia (astrología), los horóscopos intentan predecir el futuro. Parte del supuesto que las estrellas influyen, por el equilibrio cósmico y las leyes de la ciencia, en nuestro comportamiento, en nuestras acciones y, por ende, en las de los demás. Los hay basados en los signos zodiacales griegos, chinos, y en cuanta cultura haya observado el cielo. Sin embargo, esta “ciencia” omite, asumo por error, algunos datos importantes.
El primer hecho científico de relevancia es simplemente que las estrellas ya no están en la posición aparente donde las vemos: de acuerdo con los postulados actuales de la ciencia, la luz viaja aproximadamente a 300,000 km por segundo (dependiendo del medio, varía en el vacío, en una atmósfera o en la presencia de un cuerpo grande, como un planeta). Esto significa, por ejemplo, que si el sol se "apagara" repentinamente, en la tierra nos daríamos cuenta de ello... 8 minutos y 19 segundos después, que es el tiempo que la luz tarda en recorrer la distancia que hay de la superficie del sol a la tierra.
La constelación de Géminis
Después del sol, la estrella más cercana hasta el momento conocida (que no es, ni remotamente, integrante de las constelaciones del zodiaco) es Alfa Centauri. Si viajáramos a la velocidad máxima que alcanza la luz, tardaríamos en llegar 4.37 años. De esta forma, cuando la apreciamos en el cielo, representa la posición que tenía hace 4.37 años. En cuanto a las estrellas de las constelaciones del zodiaco, la más cercana es Pólux (de Géminis), a la que podríamos llegar (viajando a la velocidad de la luz, obvio) en tan sólo en 33.7 años, en tanto que la más lejana (Beta Aquarii, de Acuario), pues tan sólo tardaríamos la insignificante cantidad de 610 años. Esto significa, en primer lugar, que la posición que tiene en el cielo Beta Acuario fue la que tenía en 1405. Lástima que el rey Ladislao I de Nápoles (que en 1405 cumplía 29 años y aún le quedaban 9 más de vida) no pudo leer su horóscopo. Dejando de lado la ironía y el sarcasmo, me surgen dos preguntas: ¿Beta Aquarii aún existe? ¿Puede, entonces, determinar mi conducta tanto tiempo después? 
Otro dato importante a considerar es que, si bien hay un "equilibrio" cósmico, éste suele regirse a través de las leyes de la física. Las famosas alineaciones de planetas pueden generar campos gravitacionales importantes que afectan la materia: afectan a las mareas, cuerpos de agua, etc., pero sus efectos se derivan de que, de acuerdo con la Teoría de la Relatividad, un cuerpo con masa "curva" el espacio: imagina que sobre una red extendida pones un balón, éste hará que la red se deforme en su alrededor fruto de su peso y hará que lo que pase cerca d él se desvíe. La teoría de la Relatividad indica, además, que la luz es desviada por dicho cuerpo, y si éste es lo suficientemente grande, será tan grande la fuerza de atracción que impedirá que la luz escape de él (ese es un agujero negro). Siendo verdad lo anterior, ¿Cómo es capaz de tener efectos en mi conducta?
La posición real de la estrella es la izquierda,
la derecha es la "posición aparente" debida
a que la masa del sol curvó el espacio
y desvió la trayectoria de la luz.
Se habla, incluso, de cartas astrales, signos a los que pertenecemos, etc., determinados por nuestra fecha de nacimiento. ¿Cómo una misma configuración del cielo afecta diferente a cada persona? ¿Por qué no hay un único horóscopo si son los mismos astros? Insisto, esa estrella ya no se encuentra ahí o, incluso, es probable que ya ni siquiera exista. ¿Cómo es que los fotones emitidos por ella y que viajan por el espacio determinan la conducta de cada uno? Acaso los rayos de luz emitidos por cada constelación "reconoce" quién pertenece a cada signo zodiacal para causarle efectos diferentes? Más aún, si las “constelaciones” son grupos de estrellas que desde la tierra se ven en un mismo plano, pero en realidad se encuentran distribuidas a diferentes distancias (por ejemplo, mientras Pólux está a 33.7 años-luz, Castor lo está a 51.55; ambas son estrellas de la constelación Géminis), ¿Es posible hablar de que “Acuario” se alineó con x o y cuerpo celeste?
Dejando de lado de la evidencia científica que claramente nos indica lo absurdo que puede llegar a ser esto, vayamos más allá: ¿Qué implicaciones tiene esto para el cristiano? Pensemos en el siguiente caso: bajo la influencia de la lectura del zodiaco, tomo una decisión importante. Por ejemplo, uno de los tantos horóscopos (no hay uno solo igual, en cinco páginas de internet hay cinco diferentes) dice que, en los diferentes puntos de vista, el mío es el correcto. Resulta que mi jefe, que es del mismo signo que yo, tiene un punto de vista contrario al mío. ¿Ambos son correctos? Si es así, ¿dónde queda la noción de verdad? Más aún, ¿Soy yo responsable de lo que sucede o son los astros y, por tanto, soy sólo un títere de las fuerzas cósmicas?
Una tentación del ser humano es intentar zafarse de la responsabilidad moral. Es muy fácil para mí basar mi decisión en el horóscopo, pues si fallo, si me equivoco, pues fue “culpa de los astros que se alinearon en mi contra”. La libertad queda suprimida: no puedo ser “parcialmente” libre, o lo soy o no lo soy. Los astros que rigen mi conducta y ser totalmente libre no son compatibles. Alguien podrá decir, qué bien, así el pecado es imposible, pero yo le respondería tampoco el mérito. Si no eres libre, tampoco puedes “alcanzar” la santidad, no puedes hacer el bien, sólo sigues las influencias de los astros.
No te engañes. Además de las razones científicas de fondo, al creer en los horóscopos estás negando uno de los dones más grandes que Dios te ha dado, el de tu libertad. El hecho que la niegues no significa que por eso ya se te elimina. Tu responsabilidad sigue estando presente.
Además, no debemos olvidar que al confiar en la astrología, estás dejando de confiar firmemente en Dios y crees que alguien más es capaz de conocer el futuro, de regir los destinos de los hombres. No estás amando a Dios por sobre todas las cosas.
En la siguiente entrada, cerraré con la adivinación. 


Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.

lunes, 5 de octubre de 2015

El Sínodo de la familia


El día de hoy, en Roma, dio inicio la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos para abordar el tema de la familia. Los medios de comunicación, usando su ya conocida objetividad y pasión por difundir la verdad, nos han presentado una imagen del mismo, que, desgraciadamente, corresponde a cualquier cosa menos al Sínodo de los Obispos de la Iglesia Católica, como podremos ver en esta entrada (interrumpo, por esta semana, la reflexión sobre el Primer Mandamiento).
En primer lugar, debemos clarificar qué es un Sínodo. Etimológicamente proviene del griego y significa caminar juntos. Si bien fue instituido por el beato Pablo VI en 1965, desde el Colegio de los Apóstoles se entendió que la Iglesia debía seguir ese camino. Basta recordar el capítulo 15 del libro de los Hechos de los Apóstoles: Pablo y Bernabé, preocupados porque a los bautizados no judíos se les quería imponer la Ley de Moisés (a través de someterlos al rito de la circuncisión), acudieron a los Apóstoles, que reunidos en Jerusalén, debatieron sobre el tema. Quien da la "palabra final" es el mismo san Pedro: no se les someta a la circuncisión. No fue una "votación", elección democrática, mayoría o consenso: en la Última Cena, el Señor lo dejó muy claro:  "Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos" (Lc. 22, 31-32). 
Esta sinodalidad, presente muy fuertemente en Oriente, se vivió en la Iglesia a través de sínodos locales y Concilios Universales, en los que se buscaba resolver temas urgentes, casi siempre relacionados con la Doctrina de la Fe o la Disciplina de los Sacramentos. Después del Concilio Vaticano I (1869), pasó casi un siglo para que hubiera otro concilio (Vaticano II, 1962-1965). Fue entonces cuando Pablo VI decidió instituirlo en la vida de la Iglesia nuevamente, para tratar cuestiones que le preocupan en cuanto al gobierno de toda la Iglesia.
El Sínodo (al igual que el Concilio Ecuménico), a pesar de lo que los medios de comunicación nos quieren hacer creer no puede actuar por sí mismo, se convoca, se mantiene, se aprueba y se disuelve bajo la autoridad del Papa: incluso si la Sede Papal quedara vacante (por renuncia o muerte del Papa), el Sínodo (y el Concilio) quedan suspendidos hasta que el nuevo Papa los apruebe (o disuelva). 
El Sínodo, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico (Canon 343) puede "debatir las cuestiones que han de ser tratadas, y manifestar su parecer, pero no dirimir esas cuestiones ni dar decretos acerca de ellas", pues se trata de un órgano consultivo. El Papa, escuchando el parecer de los Padres Sinodales, puede pronunciarse sobre el tema. 
Entonces, ¿Cuál es la función del Sínodo? Pablo VI, en la Carta Apostólica con la que instituye el Sínodo de los Obispos (Apostolica sollicitudo), indica lo siguiente:
Le corresponde la tarea de informar y aconsejar al Papa. 
Debe fomentar la íntima unión y colaboración entre el Papa y los Obispos de todo el mundo.
Debe procurar que se tenga conocimiento directo y verdadero de las cuestiones y de las circunstancias que atañen a la vida interna de la Iglesia y a su acción propia en el mundo actual.
Debe facilitar la concordia de opiniones, por lo menos en cuanto a los puntos fundamentales de la doctrina y en cuanto a al modo de proceder en la vida de la Iglesia.
Lo que es claro, es que en ningún  momento el Sínodo puede "cambiar" (por sí solo) alguna norma de la Iglesia, como por ejemplo, permitir que los divorciados vueltos a casar puedan recibir la Eucaristía, o que se acepten las uniones entre personas del mismo sexo, por citar algunos ejemplos.
Dado que el Sínodo busca representar a todos los Obispos (no es posible reunirlos a los más de 5000 obispos del mundo), es natural que haya diversos puntos de vista entre ellos, incluso diferentes percepciones teológicas, puesto que el análisis de la situación actual siempre requiere de diversos puntos de vista. Sin embargo, el hecho de que un obispo (como es el caso de Walter Kasper) o un grupo de obispos estén en desacuerdo con la normativa de la Iglesia o con ciertos postulados teológicos no significa que por ello vaya a haber un cambio.
Nos encontramos, como Iglesia, en un momento crucial en la historia: la familia se encuentra amenazada desde múltiples frentes: el divorcio (cada vez más fácil de obtener), la unión libre, las uniones entre personas del mismo sexo (tratadas anteriormente en el blog en dos entradas: entrada 1 y entrada 2), la adopción de niños por parte de parejas homosexuales (también ya abordada), la anticoncepción, el aborto ("Cuando la vida es un delito" y otras entradas siguientes), la pérdida, en muchos países, del derecho a que los padres eduquen a sus hijos en la religión (prohibición de los crucifijos en las escuelas, de la enseñanza de la religión, etc.), unos medios de comunicación que a través de películas, series, personajes, etc. presentan la sexualidad como algo separado del matrimonio, por citar las amenazas más graves. Si a esto le sumamos la distorsión, por parte de los medios informativos, de la auténtica misión y contenido del Sínodo, así como el "amarillismo" en las noticias: sacar de contexto declaraciones del Papa, encuentros con personas particulares o, incluso, casos como el del sacerdote que se declara homosexual y reniega de la doctrina de la Iglesia al respecto, presentan un serio reto para nosotros como católicos. 
El Papa Francisco, en la homilía de la Misa de apertura del Sínodo, dijo: "El amor duradero, fiel, recto, estable, fértil es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son precisamente las que tienen el porcentaje más bajo de tasa de natalidad y el mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social”.
Según palabras del Papa, “en este contexto social y matrimonial bastante difícil, la Iglesia está llamada a vivir su misión en la fidelidad, en la verdad y en la caridad” (me permito resumir y parafrasear estos puntos):
Defender el amor fiel y animar a las familias a defender el valor sagrado de cualquier vida y la indisolubilidad del matrimonio (no al aborto y al divorcio)
La verdad no cambia según las modas o las opiniones dominantes, nos protege de transformar el amor fecundo en egoísmo estéril, la unión fiel en vinculo temporal. «Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo» (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 3): el matrimonio es indisoluble, es una unión entre el hombre y la mujer (exclusivamente) y la doctrina de la Iglesia no puede cambiar.
La Iglesia debe buscar y curar a las parejas heridas, con las puertas abiertas para acoger. Esto no significa “relajar” la disciplina con respecto al divorcio, sino encontrar soluciones pastorales para que las personas que se encuentran en una situación de pecado (unión libre, divorciado vuelto a casar), reciban un cuidado y una atención pastoral que les permita avanzar en el camino del auténtico arrepentimiento.
Si bien son los Obispos los que están reunidos en el Sínodo, nosotros también tenemos mucho que hacer: orar por ellos, para que sean dóciles a la inspiración del Espíritu Santo, informarnos sobre el contenido del Sínodo (consulta la página oficial del Sínodo), defender la familia en primer lugar con nuestro testimonio... porque atacar a la familia es atacar el fundamento de la sociedad y de la Iglesia, es destruir toda posibilidad de construir el Reino de Dios, es, como alguna vez diría san Juan Pablo II, el ataque de la cultura de la muerte que busca destruir la Cultura de la Vida.


Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.

martes, 22 de septiembre de 2015

¿Cuál es el santo más milagroso?


Me imagino a las distintas cofradías y devotos intentando responder esta pregunta. San Judas Tadeo, dirán unos, puesto que fue primo del Señor Jesús y es invocado ante casos difíciles y desesperados (tanto cariño le tienen que hasta le dicen "san Juditas"); habrá quien diga que san Antonio de Padua, en especial las personas que les urge tener novio (cuentan que si lo pones de cabeza consigue novio o novia de inmediato). No faltará quien recurra a san Benito Abad, cuya medalla protege contra el demonio, o san Ignacio de Loyola, famoso por la "Cédula" (con la leyenda: san Ignacio dice al demonio "No entres") que ponen en la entrada de las casas para defenderse del maligno, o la Virgen del Carmen que con sólo portar su escapulario uno tiene visa exprés para salir del Purgatorio. Y no olvidemos al castísimo Patriarca san José, a quien recurrimos para que nos dé una buena muerte y nos consiga trabajo (por aquello de que fue obrero).
Cuando nuestros hermanos protestantes ven desfilar la multitud de santos, sólo les queda una idea: nosotros les rendimos el mismo culto de adoración que a Dios y, por tanto, cometemos un grave acto de idolatría. A veces, esta grave afirmación se encuentra respaldada por la conducta de tantos católicos para quienes la devoción a dicho santo (ya sea a través de oraciones, novenas, objetos, etc.) ocupa un lugar primordial en su vida de fe, tan alto, que podrán no asistir a la Misa dominical pero no dejarán de rezarle a dicho santo.
Debemos tener en cuenta qué significa que la Iglesia proclame a alguien santo. La santidad es la perfección de la vida cristiana, representa el grado más alto de amistad con Dios y se alcanza a través de una vivencia constante de los sacramentos, las virtudes, los 10 mandamientos, los consejos evangélicos, las bienaventuranzas, las obras de caridad... Y a eso estamos llamados todos.
Cuando la Iglesia canoniza a alguien (no es “santificar” sino canonizar), significa que lo inscribe en el “canon” (lista) de los santos, es decir, que reconoce públicamente ante el pueblo de Dios que esa persona es santa: es un intercesor, alguien que imitó a Jesucristo y que puede ser imitado en su forma de vida, en sus virtudes, en su vida de oración. Déjenme ponerlo en claro: no suplen a Dios, no hacen milagros, no hay uno más “eficiente” que otro. Vamos explicándolo por partes.


El culto de dulía.
Debemos diferenciar el culto de “latría” (la adoración debida exclusivamente a Dios) y el de dolía (el culto a los santos). En ningún momento la Iglesia los propone como “iguales a Dios”. Ningún santo pierde la condición de creatura y por lo tanto no puede estar al nivel de Dios. Así que nunca adoramos a los santos.
Hay un culto llamado de hiperdulía, que se tributa a la Virgen María: “Bienaventurada me llamarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 48-49). Dios la colmó de dones, no por sus propios méritos sino en atención a Jesucristo, que había de nacer de ella: la preservó del pecado original, fue maestra de oración de los mismos Apóstoles, fue llevada al cielo en cuerpo y alma… La Iglesia la invoca como Madre de Jesús pero también como Madre nuestra (“He ahí a tu Madre”, Jn 19, 27). Por ello, lleva un culto “sobre” (eso significa la palabra hiper)  los demás santos.
A San José, en cuanto que fue padre en la tierra de Jesucristo y que también recibió grandes dones de parte de Dios, se le da un culto llamado de “protodulía” (proto significa “primero”). Se le invoca como patrono de la Iglesia Universal.

Los milagros.
San Ignacio de Loyola
Los santos no son “milagrosos”. Lo siento, pero no lo son. Lamento informar que el único que tiene el poder para realizar un milagro es Dios. ¿Por qué? Porque el milagro es una suspensión temporal del orden natural, lo cual implica un poder de dominar la naturaleza. Entonces, ¿Por qué se requiere el milagro para canonizar a alguien? Pues porque el hecho que alguien interceda (esa es la palabra correcta) para que Dios haga un milagro es un signo indudable de la íntima amistad entre ella y Dios: está en el cielo y se lo pide directamente. El milagro corresponde la “voz de Dios” que reconoce la santidad de la persona.
Estamos acostumbrados a hablar de “milagros” para intentar explicar cosas extraordinarias. El auténtico milagro va más allá de cualquier explicación científica. Para que una curación, por ejemplo, sea considerada un milagro, debe ser absolutamente inexplicable para la ciencia médica. Si hay una explicación científica, por muy improbable que sea, no será considerado milagro. 


Imitando a los santos.
El único camino es Cristo, puesto que Él mismo lo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14,6). No hay otra forma de llegar a la Patria Eterna. Sin embargo, el camino de Jesucristo ha sido vivido por muchas personas que han resaltado algún aspecto particular de su enseñanza, de su vida: los santos. El mejor “culto” que se le puede dar a un santo no es “rezar” de memoria su novena o su oración, ni diariamente pedir su intercesión. Lo que en realidad debemos hacer es intentar vivir conforme a su ejemplo. La entrada la comencé hablando de algunos santos y la terminaré hablando de ellos.
San Judas Tadeo, no sólo es invocado en los casos difíciles. Él fue un apóstol de Cristo, que de acuerdo con la tradición, evangelizó el área de Líbano. Sin duda vivió una gran cercanía con su primo Jesús, escuchó su palabra y la transmitió hasta ser martirizado (murió, según parece, decapitado). Asumo que, al igual que él, sus seguidores no nada más lo invocan para obtener un milagro, sino que están dispuestos a dar la vida por el Evangelio.
San Antonio de Padua, el gran predicador. Agustino primero, luego franciscano, con sermones llenos de la gracia divina, que combatió la herejía cátara ante todo con su ejemplo. Él que vivió una vida de tanta pureza que constantemente tenía encuentros con el Niño Jesús. Él que fue canonizado a poco menos de 1 año de su muerte y que fue proclamado doctor de la Iglesia por sus grandes enseñanzas. En su vida de oración llegó a tener manifestaciones místicas, y su vida estaba centrada en la Eucaristía (a la cual defendió innumerables veces hasta con señales prodigiosas). Eso es en lo que deberíamos imitar cuando lo invocamos, no sólo “ponerlo de cabeza”.
San Benito Abad. Padre de la vida monástica en occidente. Su lema era muy simple “Ora et labora” (Ora y trabaja). Su regla (que siguieron muchísimas órdenes monacales) era muy simple: dividir el día en tres partes iguales: una para Dios (oración), otra para el trabajo y otra para el descanso. Así vida de oración, trabajo, estudio, descanso, alimentación se integraban en un equilibrio. Tuvo una profunda vida de oración. Sí, se le invoca en contra del demonio. Pero el demonio no se “aleja” nada más con la invocación a san Benito o con portar su medalla. La mejor forma de mantenerlo lejos, es llevar una vida de oración, de moderación, en donde el trabajo y la oración se funden en alabanza a Dios. Supongo que todos los que portamos su medalla (yo me incluyo) hacemos eso.
Pensemos, por otro lado, en el “soldado de Cristo”, San Ignacio de Loyola. Su conversión durante su convalecencia (había sido herido por una bala de cañón) marcó el inicio de la Sociedad de Jesús (los jesuitas). Una orden, sujeta al Papa (el cuarto voto), que, bajo la formación militar de san Ignacio se convertiría en un pilar de la evangelización en América y Asia y en la Contrarreforma. San Ignacio, padre de los Ejercicios Espirituales (no de una hora durante una semana, sino de un mes originalmente), y de una profunda y fecunda vida espiritual, resumida en el “Ad majorem Dei gloriam” (A la mayor gloria de Dios). Su obra se prolongó a través de grandes santos como san Francisco Xavier (el evangelizador de India, Ceylán y Japón), o las misiones en Nueva España y el sur de California. Ojalá que quienes cuelgan en su puerta la cédula, también tengan el lema de san Ignacio y hayan tenido la oportunidad de vivir unos ejercicios espirituales bien (aunque sea de menos días).
El Escapulario del Carmen no es un salvoconducto ni una especie de visa para librarse del infierno. Sí, quien porta adecuadamente el escapulario se libra del purgatorio. Sólo que no olvidemos que el “adecuadamente” implica que se debe guardar la castidad de acuerdo con el propio estado (ya sea soltero o casado) y llevar una vida de devoción a la Virgen (sin olvidar los sacramentos). No es “por arte de magia”. 
Y no menos importante es el Patriarca san José. ¿Qué mayor dicha que ser el padre de su Dios y Esposo de su Reina? Casto, justo, una vida de oración, siempre atento al plan de Dios, supo interpretarlo y llevarlo a cabo. Hombre de silencio y recogimiento. Con una vida así, por supuesto tendrás una muerte de la mano de Jesús y María. 
Disculpa esta entrada tan larga, amado lector. Pero quería mostrarte lo que implica una verdadera devoción a los santos. No es adorarlos, no son milagrosos. Fueron hombres y mujeres, como tú y como yo, que supieron decirle sí al Señor, levantarse de sus caídas y seguir adelante. Día a día forjaron su amistad hacia Él y nos dejaron un gran ejemplo, al alcance de nuestra mano, que podemos imitar para también ser amigos del Señor.


Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Más que un "no"


Desde pequeños, en el catecismo para realizar la primera Comunión, o en la escuela (si es que fue religiosa), nos enseñaron los 10 mandamientos. Yo tuve un profesor que le encantaba preguntarlos en desorden y te ponía nervioso para que fallaras. Y aprendimos que, la “fórmula general” de casi todos los mandamientos en “No harás esto…”.
Conocí también a una persona que decía “¿de qué me confieso? No robo, no mato, no engaño a mi esposo”… pues, para ella, los mandamientos se limitaban a lo que el “no” indicaba: no matar, no robar, no fornicar, no mentir (a menos, claro está que fuera una “mentira blanca” o “piadosa”).
Desgraciadamente, hemos deformado la verdadera imagen de los Mandamientos. Jesús mismo dijo: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice” (Mt 5,17).
Cuando un joven rico se acerca a preguntarle qué debía hacer para ganar el cielo, Jesús respondió: “Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre»” (Mc 10,19); marcándole ése como el inicio de la vida de perfección.
Cuando Jesús se transfiguró ante sus discípulos en el monte Tabor (Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-9; Lc 9, 28-36), aparecen Elías (símbolo de los profetas del Antiguo Testamento) y Moisés (símbolo de la Ley) para representar, entre otras cosas, que con Jesús la Ley y los Profetas encuentran su plenitud.
En ningún momento se “derogan” los 10 mandamientos. Jesús constantemente criticará a los fariseos por su interpretación literal de los mandamientos y las normas, puesto que los mandamientos no son “letra muerta”, son palabra de Dios que se dirige a su pueblo y le da una norma de conducta. Incluso, es Él mismo quien da la clave de la interpretación de los mandamientos, cuando le preguntan por el mandamiento más importante, responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,37-40).
En la Última Cena, Jesús mismo dice: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 34-35).
La clave de la interpretación de los Mandamientos no es el “no hacer”, sino el amor que se le imprime. San Agustín resumió magistralmente esto en su célebre frase “Ama y haz lo que quieras”. El secreto está en el verdadero amor, del cual san Pablo hablará también en 1Co 13. 
Si interpretamos a los mandamientos como sólo el no, perderemos gran parte de su riqueza espiritual. El mandamiento es el “mínimo” que se nos pide, es reconocer a Dios como nuestro creador y someter nuestra voluntad a Él.
Hay una serie de prácticas (recomendadas y no recomendadas) asociadas a cada uno de los Mandamientos, que muchas veces desconocemos. El propósito de las entradas siguientes es analizar uno por uno (con eventuales interrupciones por algún tema urgente) el contenido de cada mandamiento.
Este camino ya lo hemos empezado. Por ejemplo, el Primer Mandamiento, “amarás a Dios sobre todas las cosas”, involucra muchos comportamientos, como la adoración correcta a Dios (Imágenes ¿adoradas?, Hasta en la sopa, Y la Virgen sopló, el culto a los santos), la adivinación (Charlie Charlie, los horóscopos, adivinación en general, magia), la superstición (cadenas de ignorancia, las vírgenes celosas, cadena de favores), la vivencia correcta de la fe (el dogma de la Asunción de María), la vida de oración, los votos y promesas, etc. Muchos de ellos ya han sido abordados en entradas anteriores, en las siguientes entradas hablaremos de lo siguiente:
  1. El culto a los santos ¿Es idolatría? ¿Ellos hacen milagros?
  2. Los horóscopos y la adivinación ¿Son compatibles con la fe cristiana? (y con una sociedad con avances científicos, por cierto).
  3. ¿Qué decir de la magia "blanca?
  4. ¿Qué papel tiene el Magisterio de la Iglesia, los Concilios, la Tradición en la vivencia de la fe?
  5. ¿Qué debemos decir de los votos, promesas, mandas…? (que será también el inicio del Segundo Mandamiento: no tomarás el nombre de Dios en vano).

Te invito a que, como siempre, mantengas una lectura crítica, abierta, y te mires en el espejo de lo que debiera ser tu vivencia de fe, purifiques tu vida y ames más profundamente a Dios. Recuerda, el “pecado” no es otra cosa que darle la espalda a Dios, desobedecer lo que Él nos ha pedido, cerrarnos a su amor que se derrama y destruir su plan de felicidad que tiene para nosotros.



Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.

martes, 8 de septiembre de 2015

Hasta en la sopa


A lo largo de la historia, el hombre ha necesitado siempre sentirse cerca de Dios y ha buscado encontrarlo en su vida. Sin embargo, también es verdad que ha buscado “adaptar” el mensaje divino a su conveniencia. Es relativamente común el hecho de las constantes “apariciones” de la Virgen María, de Jesucristo, los ángeles o los santos en los lugares más insólitos y en los que, francamente, se requiere mucha imaginación y algunas veces hasta algún problema visual para “ver” la aparición.
Recuerdo, hace tiempo, que en una comunidad de mi estado a la que fui para apoyar durante la Semana Santa, cuando visitaba a una enferma de cáncer, que sus familiares me llevaron a una habitación donde tenían, guardada cual reliquia auténtica de algún santo, un ladrillo en el cual se adivinaba (ese es el termino correcto) una figura ovalada que, a decir de todos ellos, era la Virgen de Guadalupe. Según lo que ellos me contaban, durante la construcción de la casa descubrieron ese ladrillo y lo tomaron como una señal del acompañamiento de la Virgen en su vida.
La "Virgen" del metro Hidalgo
Pero ese no es el único caso, puesto que ni siquiera las grandes urbes se salvan de las apariciones. En la estación Hidalgo del Metro de la ciudad de México “apareció” en el piso la Virgen de Guadalupe, seguramente porque la gente va a su trabajo va tan rápido que ha olvidado pensar en ella, y qué mejor que ir al encuentro de ellos para hacerse presente.
Ante la indiferencia de la gente, la Virgen se “aparece” en el comal, en el plato del horno de microondas, en una pared, en las nubes, ya hasta en la sopa, moviendo a la gente a… nada.
Las falsas apariciones nacen de una necesidad de sentir a un dios (con minúscula) hecho a mi medida, que no exige nada más que ponerle una veladora al lado, un ramo de flores, y hacerle la publicidad necesaria para que la gente venga y “generosamente” deposite una moneda en la alcancía o la canasta “para el cuidado de la imagen”.
Después de la redacción de los últimos libros del Nuevo Testamento (en específico, el libro del Apocalipsis cuyo tema no es el fin del mundo), se considera que la Revelación Pública es definitiva: no “hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 4), de forma que cualquier tipo de aparición o revelación se considerará como “privada” y deberán ser discernidas correctamente.
¿El Cristo de la tortilla?
En todo momento, cualquier “revelación” o “aparición” nunca deben “mejorar o completar la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en cierta época de la historia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 67). Ciertas apariciones, después de un minucioso estudio, han sido reconocidas como auténticas, y el común denominador es exigir una conversión de corazón y un seguimiento más profundo y comprometido a la Palabra de Dios.
Por ejemplo, el eje de las apariciones de Fátima, no es “revelar” lo que sucederá al final de los tiempos, sino resaltar la necesidad de una conversión profunda del corazón y de vivir correctamente la fe, aun sabiendo que esto implica que habrá un sufrimiento y una persecución (real o figurada) por ser fieles al Evangelio. Hoy en día vemos como oponerse al aborto, al divorcio, a la unión entre personas del mismo sexo, a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, la clonación, la investigación sobre células madre y un largo etcétera implica ser tachados de retrógrados, homofóbicos, de atentar contra los derechos humanos, fanatismo y una larga lista. Pero ser testigo, cuesta.
¿Qué pensar de las “apariciones” en objetos comunes? En primer lugar, la función de una aparición no es “generar asombro”, sino acercar más a Dios. Tomemos el ejemplo de la única aparición reconocida de la Virgen de Guadalupe. El mensaje que le dice a san Juan Diego es este: “yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen”. Debemos recordar que esta aparición surge en un momento crucial de la historia de América: A sólo 10 años de la caída de Tenochtitlán ante los conquistadores españoles, la evangelización ha sido una tarea difícil, puesto que los indígenas se resisten a abandonar sus tradiciones. Sólo cuando la Virgen se aparece, le habla a san Juan Diego (uno de ellos) y se presenta con una serie de símbolos que ellos reconocen, entonces, y sólo entonces, es cuando deciden abrazar libremente la fe.
¿Qué sentido tienen estas “apariciones” en los lugares u objetos más insólitos? Francamente, a reserva de que la autoridad eclesiástica investiga y decida sobre cada uno de ellos, es poco probable que se trate de una aparición auténtica. Las “formas” suelen ser poco claras, requieren de la “imaginación” del creyente que, hasta cierto punto, debe sugestionarse un poco para creer. Además, en ningún caso se acompaña de algún mensaje salvífico, no deja en claro el propósito de la aparición.
Por lo general, son motivadas por la ignorancia, por el vacío de Dios y la necesidad de tenerlo sin tener que comprometerse a un cambio radical de vida. Es muy sencillo ponerle una veladora y un ramo de flores (y que no falte la alcancía a un lado) sin tener que convertirme de corazón, recibir con mayor frecuencia los sacramentos, leer asiduamente la Escritura y crecer como católico. 
La próxima vez que sepas (o que veas) de una “aparición” en un insólito lugar, o que alguien recibió “línea directa” de Cristo Jesús, algún ángel o santo (el típico “El Señor me dio palabra”), lo que como católico debes hacer es, ante todo, acercarte a un sacerdote para que te ayude a discernir la verdad del hecho. Recuerda que siempre que una aparición es autentica, se ve reflejada en una mejor vivencia de la propia fe. 


Puedes, si gustas, compartir esta entrada en Facebook o Twitter en los iconos que se encuentran en la barra de la derecha. Además te pido que dejes un comentario con sugerencias de temas, para ayudarte a conocer más sobre nuestra fe.