martes, 27 de marzo de 2012

Benedicto XVI en México (1): El Papa y yo


Benedicto, hermano, ya eres mexicano.

El 25 de marzo de 2012, V Domingo de Cuaresma, Su Santidad el Papa Benedicto XVI celebró la Santa Misa en el Parque Bicentenario en México y yo tuve la dicha de asistir. En esta entrada, primera de una serie de varias en las que reflexionaré sobre este acontecimiento tan importante para la Iglesia en México, quiero comenzar por compartir con ustedes lo que viví ese día.
Siendo todavía Joseph Cardenal Ratzinger, yo ya profesaba una admiración por él, pues había tenido la oportunidad de acercarme a varios de sus escritos. Recuerdo perfectamente el momento gozoso en que la chimenea con humo blanco y la aparición del Camarlengo en el balcón del Vaticano nos anunciaba: “Nuntio Vobis gaudium magnum: Habemus Papam…” (Les anuncio una gran alegría: tenemos Papa), y la aparición del ya entonces Benedicto XVI, quien por primera vez se presentaba ante el mundo como depositario de la gran responsabilidad de apacentar a las ovejas del Señor, como en su momento él le pidió al Apóstol Pedro. Tan grande fue ese momento, que una tesis que redactaba para concluir mis estudios en filosofía la dediqué a él con sincero afecto y cariño. Ya desde ese momento lo sabía mi papá en la fe. Más tarde recibí una nota de agradecimiento (pues le hice llegar una copia de dicho trabajo) con su Bendición Apostólica.
Desde su elección ansiaba poder conocerlo en persona (aunque fuera de lejos) pero veía difícil  tanto yo ir a Roma como el que él viniera a México (por su salud y edad), de forma que el saber que vendría a mi país fue un motivo de gran gozo y alegría. Abrigaba la esperanza de poder asistir a la Misa que sin duda celebraría ante los fieles de México, y me fue concedida esa dicha.
Cuando partí el sábado 24 no podía aún creerlo: me dirigía en peregrinación (pues para mí es un viaje espiritual) a ver al Vicario de Cristo, al Dulce Cristo en la Tierra, al Siervo de los Siervos de Dios. Llegar al lugar donde se celebraría la Misa no estuvo exento de dificultades e incomodidades (que no voy a relatar, pues no es lo importante). Al igual que yo, más de 600 mil personas de todas las edades (desde niños hasta personas ancianas) superaron las dificultades, las incomodidades, el frío de la madrugada, horas de estar de pie, el sol inclemente y muchas cosas más, con un solo objetivo: ver al sucesor de Pedro, aunque fuese de lejos.
Estando adentro del Parque Bicentenario la emoción comenzó a embargarme, mi oración había sido escuchada. No cesaba de dar gracias a Dios por tan grande don, pues sabía que era un regalo grande el que estaba recibiendo.
En varios momentos previos a la Misa, lo confieso, derramé lágrimas de emoción (la gente a mi lado me veía como bicho raro… ¿cómo alguien podía llorar en un lugar así?), aún no creía poder estar presente.
Mosaico regalado por el Papa
Entonces sucedió: vi bajar el helicóptero, que previamente había sobrevolado el Cerro del Cubilete, tan representativo para los católicos de todo el país, pues es donde está el Santuario que el pueblo de México dedicó a Cristo Rey (que, como nota al margen, representó una época en la que el pueblo se unió contra la represión religiosa del gobierno dando pie a la Guerra Cristera). El momento había llegado, el Papa estaba entre nosotros.
Se sentía la expectativa de todos los que estábamos congregados: es un Papa desconocido para muchos, con fama de serio, de poco expresivo, al que frecuentemente se le comparaba con el carácter del Beato Juan Pablo II. En días pasados a la visita, los medios de comunicación comparaban a ambos Papas y hablaban de la “prueba de fuego”, de que ahí se iba a ver si los mexicanos amaban al Papa o sólo a Juan Pablo II (que nos visitó varias veces), de si el Papa Benedicto “llenaría” los zapatos de su predecesor y muchas especulaciones más.
Las porras se escuchaban, coreadas por todos: “Ya falta poquito para ver a Benedicto”, “Benedicto, hermano, ya eres mexicano”, “Se ve, se siente, el Papa está presente”, pero una vez que el Papamóvil apareció, la gente se volcó en amor hacia el Papa, hacia su Papa, pues en ese momento lo sintieron suyo. El Santo Padre quiso romper el protocolo del recorrido (pues sólo pasaría originalmente cerca de algunos sectores) y pidió pasar a saludar a todos los que estábamos ahí: no hubo nadie que no viera de cerca al Papa, por el que habían pasado penurias y dificultades. Nadie se fue de ahí sin verlo cerca, aunque fuera en el Papamóvil. Después de la Misa, al regreso, con profunda emoción y asombro en sus palabras, una señora me dijo: “yo le dije a mi comadre, vamos a hacer bola, que no nos va a tocar verlo… y que pasa por donde yo estaba”. En algún momento alguien le pasó el sombrero de charro, insignia típica de los mexicanos (en la foto primera de esta entrada lo podemos apreciar) y así siguió recorriendo el área, mientras la gente aplaudía y coreaba porras. Había llegado el Papa.
Para mí, verlo pasar en frente, representó una gran emoción, pero también una inmensa paz. Comprendí que sólo alguien que tuviera una íntima y profunda relación con Dios a través de la oración podría irradiar una paz tan grande a pesar de todos los ataques, calumnias, difamaciones de las que ha sido objeto este Papa. Grandes cosas ha hecho por la Iglesia, pero desde el silencio, y poco le ha sido valorado, se le ataca por las terribles faltas de los sacerdotes pederastas, y él ha sido quien los ha castigado con más severidad, se le acusa de intolerancia y ha sido quien más ha buscado la reconciliación con los ortodoxos, anglicanos, lefebvristas, por citar algunos.
El comienzo de la Misa, marcado por la petición de no interrumpirla con aplausos y porras (los mexicanos somos muy dados a ello) señaló un momento de verdadero encuentro con Dios. Ahí caí en la cuenta que no iba a Misa con el Papa, sino que el Papa me iba a tomar de la mano para llevarme al encuentro de Jesús, que él estaba ahí para llevarme con Dios.
El silencio que viví en varias partes de la celebración (en el Acto Penitencial, después de la homilía, al término de la comunión) no era un silencio ornamental, ni improvisado, era un silencio en el que el Papa nos daba ejemplo de oración, de encuentro, era el silencio donde él hablaba con Dios y lo escuchaba, y me recordó que en mi vida también necesito del silencio, de callar los ruidos que tengo y que debo hacer pausas diarias para escuchar el susurro de Dios.
Fue sin duda una Misa celebrada a consciencia, con la delicadeza que el enamorado prepara el ramo de flores que le va a regalar a su amada, con la dedicación que la madre prepara la cuna de su hijo, con la devoción del que sabe que está ante la presencia de Dios. Cada elemento celebrado en su tiempo, vividos los signos como lo que son (medios para hablar con y escuchar a Dios), utilizando el canto como un medio para elevar el alma a Dios.
Los asistentes nos sentimos envueltos por ese ambiente de recogimiento y oración, nuevo para muchos, y nos sentimos ante la presencia del Misterio, y nos rendimos ante Él: con silencio profundo y con gran recogimiento fuimos viviendo la Misa junto con el Papa. No éramos simples espectadores, nos sabíamos partícipes de lo que en ese momento estaba sucediendo. A pesar de nuestro carácter estivo y jovial, respetamos el silencio y no hubo interrupciones.
La homilía nos recordó la necesidad de la conversión, de tener “un espíritu nuevo” (hablaré sobre ella posteriormente). La sentí dirigida a mí, que me recordaba que la Cuaresma es tiempo de conversión, que había ido ahí no a ver a Benedicto XVI, sino a escuchar a Dios que me pide que luche por ser santo.
La Liturgia de la Eucaristía fue celebrada casi enteramente en latín, como un signo de comunión con toda la Iglesia, como un recordatorio de que lo que celebramos va más allá de las lenguas, de las culturas, del tiempo: estamos ante Jesús que se entrega por nosotros.
La doxología (la aclamación “por Cristo, con Él y en Él…”, marca el fin de la Plegaria Eucarística) es el momento más sublime de la Liturgia, tanto que en la Iglesia primitiva “el Templo retumbaba con el Amén de los fieles”, que alaban a Dios por la sangre derramada por Cristo. Pues en la tierra de mártires, centro geográfico del país, al Pie de Cristo Rey, las voces de todos se unieron al coro y de forma impresionante el Amén retumbó por el Parque, recordándonos que nuestra vida tiene solamente sentido en Cristo, y que al Padre debía ser dado “todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.
Platicando al regreso con la varios de los asistentes, coincidían en que todo lo sufrido había valido la pena, que habían vivido la Misa profundamente, que sentían al Papa como algo suyo, que había sido un gran encuentro con Dios.
Tuve un encuentro personal con el Papa. No me refiero a poder estrecharle la mano o recibir la comunión de su mano (nada me hubiera hecho más feliz en ese momento, pero nada de ello sucedió). Mi encuentro (que da título a esta entrada) fue el que se dio en la oración, el que él fomentó en mí para que me acercara a Dios, a que me llevó de la mano, me introdujo en su vida de oración para que, junto con Él, pudiera conocer a Jesús y que después pudiera yo hablar de esa experiencia.
Puedo decir que conozco mejor al Papa, pues viví junto con Él lo más cercano al cielo que se puede estar en la tierra, y fue entonces cuando comprendí lo que vino a hacer aquí en México: quiere llevarnos a Cristo, a vivir la oración, a pedir, junto con el salmista (del salmo que se usó en la Misa): “Crea en mí un corazón puro”. No vino a enseñarnos, sino a llevarnos de la mano, a que viviéramos junto con Él la experiencia de Jesús.
Gracias, Dios, por permitirme tan gran experiencia, que sin duda ha marcado mi vida cristiana.

Nota: las fotos son tomadas por un servidor en la Misa.

lunes, 9 de enero de 2012

Como quien pierde una estrella



El seis de enero, se celebra la fiesta de la Epifanía (del griego ἐπιφάνεια: manifestación), en algunos países (como en México) el domingo entre el 2 y 8 de enero, en otros el día 6. Para la Iglesia Ortodoxa, esta fiesta es mayor aún que la Navidad.
El sentido pleno de esta fiesta es la manifestación de Jesús a todos los hombres de todo el mundo (representados en los magos de oriente… sobre ellos ya hablé en una entrada, Vieron la estrella).
Los magos de oriente, vieron la estrella, y presurosamente se dirigieron hacia Jerusalén, donde creyeron que estaría: si era el Rey de los judíos, debería haber nacido en la ciudad real por excelencia. Pero no fue así y perdieron de vista a la estrella.
Se dirigieron a Herodes, el rey, para preguntarle por el Rey. Herodes no era judío, era idumeo (de una región al sur de Judá). Había accedido al poder alrededor de 40 años antes, apoyado por los romanos. Mandó ejecutar a la familia real judía de ese tiempo (para no tener quién le arrebatara el trono) y a dos de sus hijos (pues se rumoraba que conspiraban en su contra). A pesar de haber reconstruido el Templo de Jerusalén, el pueblo no lo aceptaría como rey legítimo, por sus vínculos con Roma y su origen de pagano (idumeo).
Herodes consulta a los sabios, pues él no era judío. Como sabemos por el evangelio (y lo intuimos por su conducta relatada por la historia), su intención no era adorar al Niño, sino matarlo, para que no le arrebatara el trono.
Los magos, con la mejor intención, le preguntaron a la persona incorrecta. Perdieron de vista a la estrella. Ellos eran lo que hoy llamaríamos astrónomos, estudiosos del cielo, e interpretaban las señales que aparecían en él como acontecimientos que marcan cambios en la tierra. Sabían leer las señales. Pero en Jerusalén, olvidaron a la estrella y preguntaron al hombre.
Los magos buscaban al Rey, para adorarlo (reconocimiento como Dios), pero en su búsqueda se perdieron. Muchas veces, en el laberinto del mundo moderno, nosotros también nos perdemos como ellos: el dinero, el estrés, alguna experiencia negativa, un cientificismo malsano nos nublan el cielo y hacen que perdamos de vista la estrella que lleva a Dios.
Mientras más recurrimos a Herodes, menos llegaremos a encontrar a Dios, pues lo buscamos en donde no está. Somos como los magos, que perdieron la estrella de vista.
¿Cómo recuperar la estrella que se perdió de vista? Ante todo, una actitud de humildad. ¿Por qué los escribas y sacerdotes a quienes consultó Herodes y que sabían dónde nacería no fueron a adorarlo? Por falta de humildad. Si yo me reconozco como limitado, que no puedo ni conocer ni hacer todo lo que quiera, que tengo límites, que no gira todo en torno a mí, sólo entonces tengo la apertura para interpretar la señal de la estrella, puedo volver a encontrar el camino.
Ojalá que seamos como los magos de oriente, que volvieron a encontrar la estrella y la siguieron, hasta encontrarse con el Niño que es Dios y Hombre Verdadero.

lunes, 2 de enero de 2012

El ejemplo de María


El 1 de enero de cada año se celebra el inicio del año civil en gran parte del mundo. Los deseos de paz, prosperidad, felicidad, se desbordan por el mundo y se generan los propósitos de inicio de año, que pocas veces se alcanzan.
Sin embargo, la Iglesia Católica en todo el mundo celebra una festividad grande, profunda pero a la vez discreta (pues se ve opacada muchas veces por el inicio del año), pero no por ello menos importante: el dogma (una verdad que se conoce como Revelada directamente por Dios y necesaria para alcanzar la salvación) de Santa María, Madre de Dios.
Hace mucho tiempo, hablamos del siglo V, Nestorio, un patriarca (obispo) de Constantinopla (actual Estambul, en ese tiempo, una de las sedes cristianas más importantes del mundo) comenzó a enseñar que la Virgen María no era Madre de Dios (ya que eso equivale a decir que Ella dio origen a Dios), sino que era Madre de Cristo.
Este razonamiento, aparentemente correcto, proviene de un error más grave, que tuvo su origen siglos antes: el arrianismo. Arrio, que era un sacerdote, negaba que Cristo fuera Dios, ya que era solamente hombre. Los obispos de aquél tiempo se reunieron en la ciudad de Nicea en el año 325 (es el Primer Concilio Ecuménico, es de decir, universal) y después de mucho debatir, concluyeron que en Cristo es Verdadero Dios y Verdadero Hombre y formularon una profesión de fe que es el Credo que recitamos los domingos en Misa (más adelante se le agregaron algunos enunciados).
Los obispos se volvieron a reunir en un Concilio (el Tercer ecuménico) en la ciudad de Éfeso, en el año 431 para discutir sobre las enseñanzas de Nestorio, y concluyeron que la Virgen María puede llamarse en sentido pleno Madre de Dios, no porque la divinidad de Cristo tenga su origen en María, no, sino que en realidad a quien dio a luz en Belén es a Dios mismo, que se revistió de nuestra carne, tal y como el Arcángel Gabriel le dijo a la Virgen María: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35).
Al reconocer a María como Madre de Dios no estamos diciendo que Ella sea una diosa, ni que sea más que Dios, o que le haya dado a Dios su categoría divina (todos esos son errores graves); estamos reconociendo que Dios quiso fijarse en Ella para que su plan de salvación y amor a los hombres pudiese llevarse a cabo, que, gracias a que Ella aceptó la propuesta de Dios de ser Madre de su Hijo, fue posible que Dios mismo se hiciera verdadero hombre y nos salvara.
En la cultura judía, las mujeres esperaban ser la madre de quien cumpliera la promesa que Dios le hizo a David (el rey que gobernaría todas las naciones con justicia y paz), así que era un grande honor el que recibiría la madre del “Hijo de David”. María no le pidió al Ángel que le enviara servidumbre, ni que él mismo le rindiera honores, ni una protección especial, se limitó a decir: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ella, en vez de gritarlo a los cuatro vientos y recibir honores, decidió irse a ver a su prima Isabel (madre de Juan el Bautista) para atenderla en su embarazo (Lc 1,39-56).
Cuando los pastores y los magos de oriente visitaron al Niño en Belén, no rechazó a los pobres, no pidió que lo contaran a donde fueran, ni se dio su “papel” de persona importante con una agenda saturada (a ver si tengo tiempo de atenderte), ni tampoco se ensoberbeció, sino que “guardaba estas cosas en su corazón” (Lc 2,19).
Cuando fueron a presentar al Niño al Templo por primera vez, el anciano Simeón le dijo “Una espada atravesará tu corazón” (Lc 2,35), indicándole el gran dolor que iba a enfrentar ante el sufrimiento de Cristo en el Calvario.
En un mundo moderno, en el que pedimos pruebas, en el que buscamos ser servidos, evitar cualquier tipo de sufrimiento, en el que el tiempo está dividido entre el trabajo y uno mismo (y si bien le va, la familia), en donde vales por lo que tienes o por lo que haces, en donde escuchar a Dios es “obsoleto, aburrido, anacrónico, irracional”, en donde ya no hay tiempo para reflexionar y la soledad es sumamente temida, María se levanta como un signo de que se puede vivir y ser feliz haciendo exactamente lo contrario.
El testimonio y el ejemplo que nos da en esos pasajes, de servicio desinteresado (apenas se enteró que Isabel la necesitaba, fue hasta las montañas de Judea a servirle), de silencio reflexivo (meditaba u oraba en su corazón), de sacrificio (una espada te atravesará el corazón), de humildad (la esclava del Señor), de amor profundo a Dios, contrasta con nuestra actitud. Ella, en su categoría de Madre de Dios pudo haber pedido una vida resuelta, sin espinas en el camino, pero eligió vivir como cualquier mujer de su tiempo, pobre, abandonada en las manos de Dios.
Nunca es tarde para imitarla, ni necesita ser primer día del Año para formular el propósito de acercarme más a Dios o imitar a María, cualquier día es bueno para ello. Sólo tenemos que decidirnos a actuar. Que este sea nuestro mejor propósito de Año Nuevo.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El límite de mis derechos


Ya hemos hablado de la existencia de un derecho fundamental (a la vida), pero, ¿es posible hablar de una jerarquía de derechos humanos? ¿Hay algunos más importantes que otros? El hablar de jerarquía de derechos, ¿no implica que algunos puedan no ser observados con tal de proteger a otro derecho?
La lógica nos indica que debe haber una jerarquía: es evidente que ciertos derechos son fundamentales, en tanto que otros son secundarios, algunos ayudan más al hombre a trascender que otros más, y por ello podemos decir que unos son más importantes que otros.
Cuando dos derechos entran en conflicto, no siempre se puede elegir observar ambos: hay que decidirse por proteger uno en detrimento del otro. Prueba de ello está en el argumento del Ministro la Corte de Justica de México, Fernando Franco, que decía que extender el derecho a la vida al recién nacido iría en detrimento del derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, por citar alguno, por lo cual, según él, no debería hacerse esta extensión del derecho.
En este punto, deben ponerse en la balanza dos derechos y ver cuál es más valioso, o necesita mayor protección: El derecho a la vida del bebé o el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo (e incluso, si se quiere, a decidir el número y espaciamiento de sus hijos).
En entradas anteriores, quedó demostrado:
1.    El cigoto ya cumple con los requisitos para ser considerado persona
2.    Posee los derechos a los que las personas son sujetos.
3.    Es un ser genéticamente diferente a su madre, por lo cual no es parte de su cuerpo aunque se aloje temporalmente en él.
4.    El derecho a la vida es considerado como fundamental y primero puesto que de él dependen todos los demás.
Por otro lado, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo por parte de la mujer se extiende a su propio cuerpo, pero no más allá de él. Si el cigoto NO ES parte de su cuerpo, la conclusión es obvia: este argumento no aplica.
Aún si se quisiera decir que el embarazo ocasionará varios cambios en el cuerpo de la mujer (por hormonas, alimentación, figura, privaciones a las que deberá someterse, etc.), ¿Eso vale más que una vida humana? En caso de ser afirmativa la respuesta, la vida dejaría de ser el derecho primordial porque hay “otro” encima de ella.
En el caso de los embarazos “no planeados” (término no muy feliz por cierto), se puede llegar a argumentar incluso que la mujer podrá ver interrumpidos sus proyectos de vida, su desarrollo profesional, sus planes y actividades, que a lo mejor no tiene la madurez o la solvencia económica para mantener a su hijo, o que ese embarazo le recordará siempre un momento traumático (en el caso de violación, por ejemplo) y un largo etcétera). Sin restar validez al peso de cada argumento vuelvo a preguntar, ¿Aquello vale más que una vida humana? ¿Se justifica cesar una vida para lograr metas personales?
En algunos casos, una decisión equivocada puede hacer que toda una vida cambie radicalmente, en otras serán situaciones desafortunadas no consentidas ni provocadas las que harán que la vida cambie (nuevamente el caso de la violación). En unas habrá que afrontar el peso de las malas decisiones (y no salirse por una puerta falsa), en otras habrá que adaptarse al nuevo modo de vida, pero nunca nada justificará que a un ser humano inocente se le prive del derecho fundamental a la vida.
Hay instituciones que se dedican al cuidado de madres embarazadas durante la gestación, para que cuando den a luz ya sea que decidan conservar a su bebé o lo den en adopción.
No nos engañemos, pensar en que hay otros derechos sobre el derecho a la vida es una mentira. Aquí no importa si la ley reconoce o no al cigoto, feto, embrión como humano, ni si le otorga protección: importa que, en sentido estricto, es en acto un ser humano y por tanto tiene dignidad y merece ser protegido, y de forma muy especial, porque es indefenso e inocente.

P.S. Una felicitación a Docmanuel, amigo mío por su cumpleaños en la semana, él siempre se da una vuelta por el blog a pesar de sus ocupaciones, Muchas gracias Manuel!

domingo, 6 de noviembre de 2011

Derechos y persona


Últimamente es muy frecuente escuchar hablar de “los derechos de los animales”, de los “derechos humanos”, del, “derecho de los pueblos” y en general, usamos la palabra “derecho” casi para cualquier cosa, pero, ¿Sabemos a qué nos referimos con derecho?
No me refiero a la ley promulgada por el hombre (a eso se le llama el derecho en Sentido objetivo: el conjunto de leyes que rigen a una sociedad determinada), sino al “poder moral de poseer, de hacer o de exigir una cosa” (Regis Jolivet). En este caso, nos estaremos refiriendo a este tipo de derecho.
Hay dos formas de entender el derecho, como poder moral o como poder sobre lo propio:
1.    Poder moral: es la capacidad de actuar según lo dicta la razón independientemente de que físicamente se encuentre uno impedido.
2.    Poder sobre lo propio: cada quien puede exigir, hacer o decidir sobre lo que legítimamente es suyo o le corresponde: el cuerpo, la actividad física, el salario, bienes materiales, etc.
A un derecho cualquiera le corresponde una contraparte que los demás deben observar (obligación), y siempre tiene tres componentes principales:
1.    Sujeto: Solamente las personas son las que tienen derechos, pues tienen algo que se llama “dignidad”, es decir, que las personas no pueden ser tomadas por objeto, que no pueden ser utilizadas, sino que siempre deben ser amadas por sí mismas y no como un medio para lograr algo.
2.    Fundamento: yo tengo derecho a aquellas cosas que me logran realizar mi fin último (la vida, la libertad, la familia, a ser respetado, etc.: los expresados en la Declaración Universal de los Derechos del hombre) o aquello que he obtenido lícitamente (propiedades, etc.).
3.    Término: es el objeto del derecho, lo que es reclamado por la persona.
La Declaración Universal de los Derechos del Hombre enumera algunos de los derechos del hombre que no pueden dejar de ser observados y reconocidos: libertad, igualdad, a la vida, a la libertad, al trato digno, a la no discriminación, etc.
La pregunta clave es, antes de la citada Declaración, por ejemplo, en el Imperio Romano ¿las personas tenían derecho a no ser esclavizadas? La Ley Romana no reconocía ese derecho (recuerden que era una práctica generalizada), pero eso no significa que no exista: nadie en su sano juicio dirá que hasta que se abolió la esclavitud las personas comenzaron a tener el derecho a no ser esclavos.
Los derechos, si brotan de la naturaleza del hombre, de su dignidad, de su condición de persona no pueden “crearse” o “eliminarse”; la función de la ley humana es reconocer esos derechos y protegerlos, nunca definirlos pues va más allá de sus facultades. Por ello las personas siempre han tenido el derecho a no ser esclavizadas aunque en algunas épocas no se les ha reconocido tal derecho.
Algunos derechos, con justas causas, pueden ser temporalmente suspendidos por la autoridad, por ejemplo, a la libertad de tránsito (si cometo un delito, me meten a la cárcel), la de asociación (si planeo actos terroristas no estoy ejerciendo correctamente mi derecho), de posesión de bienes (los objetos que robé me pueden ser confiscados, al igual que aquéllos que compré usando dinero fruto del crimen), pero hay un derecho, al que se le llama fundamental, ya que constituye el “centro” de los derechos de las personas: el derecho a la vida.
Los derechos humanos encuentran sentido en la vida: el respeto que se le debe a un cadáver deriva de haber sido un cuerpo humano vivo, lo que me posibilita a tener bienes es que estoy vivo (no hay muertos que tengan bienes), no puedo elegir mi estado de vida (soltero, casado, etc.) si no estoy vivo, y así sucesivamente. Un óvulo o un espermatozoide solitarios no tienen derechos (no son seres humanos vivos).
Un óvulo recién fecundado, como ya lo vimos en las dos entradas anteriores, ya ostenta las características humanas, ya es una persona (independientemente de su tamaño, grado de autonomía, etc.), por lo tanto ya es sujeto de derechos, comenzando por el derecho fundamental a la vida, aunque la Ley no lo reconozca (como en el ejemplo de la esclavitud).
Si recordamos, uno de los argumentos esgrimidos por el Ministro de la Corte Fernando Franco fue: “la pertenencia a la especie Homo sapiens es condición necesaria pero no suficiente para calificar como persona/individuo en sentido normativo […], no cabe concluir, automáticamente, sin otras premisas adicionales, que califique jurídicamente como persona. Para ello es necesario que se cumplan, desde el punto de vista conceptual y normativo, otras condiciones”. Sin duda, una franca discrepancia entre la lógica y la Ley.
Sin duda, este es el primero de los errores que los dictámenes de la Corte contienen, no en materia legal, sino de acuerdo con lo que la razón rectamente (cuando se usa bien) dicta.
De las siete preguntas que me planteé en la entrada 38 (Cuando la vida es delito), ya llevamos respondidas:
1.    ¿Cuándo se comienza a ser persona? Cuando el óvulo es fecundado por el espermatozoide.
2.    ¿Qué es lo que nos hace ser sujetos de derechos y obligaciones? El hecho de ser personas.
3.    ¿Cuál es la fuente de los derechos humanos? La dignidad humana.
4.    ¿Hay alguna jerarquía o división en los derechos humanos? Sí, hay un derecho fundamental, la vida. Hay derechos que pueden ser suspendidos, y otros no.

En la siguiente entrada, analizaremos hasta dónde puede un derecho limitar a otros de menor jerarquía, o lo que es lo mismo, qué pasa si el derecho a la vida del bebé “obstruye” el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo.